Como suele suceder, el primer viaje de cada curso despierta bastante interés en las personas asociaciadas, y en esta ocasión no ha sido diferente. El hecho de combinar parajes naturales con turismo urbano es un acierto. El lugar elegido fue Navarra, una tierra de contrastes, la zona norte es muy boscosa mientras la sur parece un paisaje lunar. Es habitual ver su abundante ganaderia pastando por los campos, con razas autóctonas como la vaca Pirenaica, la oveja Latxa y el caballo Burguete.
Salimos de la facultad de Historia cuarenta y siete personas en un autobús que nos llevaría en todos nuestros desplazamientos. La compañía era diferente a la habitual, y la experiencia ha sido positiva. Hemos quedado contentos, sobre todo por la unión que ha habido en todo momento entre los viajeros.
El trayecto hasta llegar al norte de Navarra se hizo pesado ya que el trayecto es largo. Después de la comida en Javier, visitamos su castillo. En 1506 nació allí san Francisco de Javier, en la época en que su madre, María Azpilicueta, era titular del señorío. Está bastante reconstruido y alberga curiosidades como el Cristo crucificado sonriente.


A continuación visitamos el monasterio de Leyre, corazón espiritual de Navarra en los primeros años de la reconquista. De su primera época solo conserva la iglesia, con una preciosa portada románica, y una curiosa cripta con columnas de cortísimo fuste sin base y grandes capiteles. Este monasterio mantiene la tradición del canto gregoriano y pudimos escuchar Vísperas interpretado por una veintena de monjes.


Nos alojamos dos noches en un hotel rural en Ochagavía. La selva de Irati es un extenso bosque de abetos, hayas y robles en el Pirineo Navarro, un pulmón verde que produce oxígeno para once mil personas al día. Se empezaban a ver los colores del otoño. Juan Goñi fue nuestro guía, nos hizo sentir la esencia del bosque, hemos de mirarlo, tocarlo, olerlo, dejar que penetre en nosotros a través de nuestros sentidos. Dijo que hay que conocer el bosque para respetarlo, amarlo y defenderlo. Caminamos por algunos de sus senderos, descubrimos cómo se usaban los recursos forestales, aprendimos porqué las hayas y abetos fueron tan importantes para la construcción de galeones, visitamos la cascada del Cubo,….


Por la tarde conocimos Ochagavía, que significa nido de lobos. Al ser una de las puertas de Irati, la población temía a los lobos que habitan en el valle de Salazar. Una curiosidad es que las casas se conocen por el apellido de sus habitantes, no hay nombres de calles. Estas viviendas están muy cuidadas, tienen las puertas abiertas y en muchas de ellas, sobre su puerta hay una flor del sol, que es un tipo de cardo, para proteger los hogares de los malos espíritus.


El miércoles nos salió lluvioso. En el hotel pusieron a nuestra disposición una furgoneta para trasladar las maletas hasta el autobús. Como no fue posible entrar de nuevo en la selva de Irati, fuimos a ver el puerto de Larrau, en la frontera con Francia, donde hacía un viento fuerte y frío, y las ruinas de la real fábrica de municiones de Orbaizeta.

Por la tarde estuvimos en Roncesvalles, una villa de diecinueve habitantes. Al ser un paso natural por los Pirineos, y el inicio del Camino de Santiago en España de las rutas francesas, está bastante transitado. Hicimos los tres primeros kilómetros sintiéndonos como peregrinos. Visitamos el museo, donde vimos la esmeralda de Miramamolín, el ajedrez de Carlomagno, que es un relicario,… Estuvimos en el Silo de Carlomagno, donde fueron enterrados los soldados franceses caídos en el ataque de los vascones y que es el cementerio local. Conocimos la pequeña ermita de Santiago, que abre cada mañana al amanecer para que los peregrinos puedan pasar antes de empezar a andar. La Colegiata, donde diariamente se imparte la bendición a los peregrinos. Alberga el mausoleo de Sancho VII de Navarra, que llama la atención por su estatura, debia medir 2,14 de altura, y por tener las piernas cruzadas. A continuación, fuimos a Pamplona.



El jueves a las seis de la mañana había tormenta y a las siete diluviaba. Menos mal que paró de llover y pudimos hacer la visita a Pamplona aunque hubo que abrir los paraguas en alguna ocasión. Conocimos los tres burgos medievales; el ayuntamiento, ubicado en tierra de nadie; la plaza del Castillo, donde se encuentra el Hotel La Perla, que conserva intacta y alquila, a quien quiera darse un capricho, la habitación que ocupó Ernest Hemingway; el Bastión del Redín; el Caballo Blanco, un palacete que estaba en el casco antiguo y fue trasladado a este lugar,…


A continuación, Mikel, un experimentado corredor, nos condujo por todo el recorrido de los encierros. Nos explicó las diferentes fases y los peligros de cada una. El peor tramo es el final, donde se acumula demasiada gente, la mayoría extranjeros y forasteros, los lugareños solo llegan al 15% y los toros se vuelven agresivos y atacan. Nos contó que los encierros se graban en su totalidad, los toros no se pueden tocar, los periódicos que llevan en la mano han de ser del día, que pasan mucho miedo pero puede más la adrenalina del momento, la ayuda es inmediata cuando ocurre algún percance,…
Tras la comida, tuvimos una visita guiada a la catedral, cuya fachada neoclásica no tiene nada que ver con su interior, que es de estilo francés. Lo más interesante es el claustro gótico, el sepulcro de alabastro de Carlos III el Noble y su esposa, y la capilla barbazana con su bóveda octogonal. A continuación hubo tiempo libre que cada cual aprovechó como quiso, pero la mayoría fuimos a probar los pintxos.


El último día fue soleado. Estuvimos en Olite conociendo el castillo y la iglesia de Santa María la Real. No vimos el Parador porque estaba cerrado por obras. Nos desplazamos hasta las Bardenas reales, un paisaje lunar que combina llanuras con formaciones de yesos, arcillas y areniscas, fruto de la erosión del viento. El cabezo de Castildetierra es una formación cuya erosión continúa y están intentando evitar que se caiga.



Comimos en Tudela, donde nos sirvieron su famosa menestra, que estaba muy buena. A continuación, emprendimos el largo viaje de regreso a Valencia, teníamos 480 km que recorrer. Llegamos poco antes de las nueve a la facultad de Historia.
Hemos tenido muy buenos guías locales, la guía acompañante ha estado en todo momento pendiente de nosotros y de que estuviese todo a punto, la comida ha sido buena, pero lo más importante ha sido los compañeros de viaje, hemos quedado todos muy contentos y con ilusión de volver a coincidir en otra ocasión.
(texto e imágenes: Carmen Marco)
